La perla en la joyería antigua: brillo, origen y calidad

Joyas de perlas

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La perla parece a primera vista un material de joyería fácil de entender. No necesita ser tallada para dar brillo, su forma suele ser sencilla y su color a menudo discreto. Sin embargo, hay pocos materiales ornamentales en cuya valoración se mezclen tantos conceptos. Los términos "verdadero", "natural", "cultivado", "de agua dulce" y "barroco" no son sinónimos entre sí. Y una montura antigua no demuestra por sí sola que la perla que alberga proceda de la misma época. Por tanto, la joyería de perlas antigua no es simplemente un objeto hermoso, sino una compleja tarea de observación. El brillo, la superficie y la forma de la perla deben analizarse junto con la montura, la perforación, el engaste y las posibles reparaciones. Ciertas conclusiones pueden fundamentarse a simple vista; otras cuestiones solo pueden recibir una respuesta fiable por parte de un laboratorio gemológico.

No es una piedra, sino una formación biológica

La perla no es un cristal mineral, sino una formación biogénica que se origina en un molusco. El brillo de la mayoría de las perlas de joyería se debe a las capas microscópicas de nácar. En ellas, la estructura fina del carbonato cálcico y del aglutinante orgánico guía y dispersa la luz de tal modo que la superficie no brilla simplemente, sino que muestra profundidad. Una perla natural se forma sin intervención humana. En el caso de la perla cultivada, es el hombre quien inicia el proceso: introduce un fragmento de tejido, un núcleo de nácar u otro implante en el molusco, el cual crea a continuación la sustancia de la perla por sí mismo. Por este motivo, la perla cultivada no es una imitación. Sigue siendo una perla de auténtico origen biológico, solo que el inicio de su formación está dirigido. La denominación común de "perla fina" o "perla verdadera" puede prestarse fácilmente a confusión, ya que algunos la utilizan exclusivamente para la perla natural y otros para cualquier perla auténtica. Por esta razón, en una descripción precisa debemos buscar siempre los calificativos de natural o cultivada. La imitación, en cambio, no es una perla creada por el molusco: puede fabricarse, por ejemplo, con vidrio recubierto, plástico o material compuesto. Las denominaciones de agua dulce y de mar responden a otra cuestión: el entorno y el tipo de molusco en el que se originó la perla. En ambos grupos pueden encontrarse ejemplares tanto naturales como cultivados. Y la palabra "barroco" designa una forma irregular, no un periodo histórico. Una perla de forma barroca puede ser moderna, mientras que una esfera perfecta puede asentarse en una montura centenaria.

De la rareza a un material de joyería ampliamente utilizado

Antes de la generalización del cultivo, las perlas con calidad de joyería eran extremadamente raras. Por esta condición, en la joyería histórica la perla solía denotar estatus, riqueza o significado religioso. En la Europa medieval también se utilizaba como símbolo de pureza y, más tarde, se convirtió en un elemento destacado de la indumentaria cortesana. El siglo 19 apreció especialmente las joyas de estilo encaje compuestas por diminutas perlas semillas. En estas piezas, lo importante no era el valor de una sola perla grande, sino la selección, el ensartado y la disposición de cientos de pequeñas piezas en una estructura delicada. Por consiguiente, la calidad de un collar conservado está determinada no solo por las perlas, sino también por el material de soporte, el hilo, el reverso y el estado de las reparaciones. El desarrollo del cultivo moderno de perlas se atribuye a menudo exclusivamente a Kokichi Mikimoto, a pesar de que la técnica evolucionó a partir del trabajo de varios pioneros japoneses, entre ellos Tatsuhei Mise y Tokichi Nishikawa. A principios del siglo 20 aparecieron las perlas cultivadas redondas y regulares, y a partir de los años 1920 estuvieron disponibles para un público cada vez más amplio. En la joyería estilo art déco, el suave brillo de la perla contrastaba favorablemente con las líneas geométricas, los metales blancos y el brillo más agudo de los diamantes. Este giro histórico es decisivo para el coleccionista actual. Una perla demostrablemente original de los siglos 18 o 19 tiene muchas probabilidades de ser natural, pero esto no debe darse por sentado únicamente a partir de una montura excelente y una datación de época fidedigna. En las piezas del siglo 20 ya cabe esperar tanto perlas naturales como cultivadas, y las sustituciones posteriores pueden darse en joyas de cualquier época.

¿Qué observamos en la superficie de la perla?

Para observar la calidad de la perla, conviene examinar conjuntamente siete aspectos: tamaño, forma, color, brillo, superficie, calidad del nácar y, en el caso de múltiples perlas, la armonía entre ellas. Ninguna de estas propiedades puede interpretarse de forma totalmente aislada. El brillo —llamado técnicamente lustre— suele ser el aspecto más elocuente. En una perla de buen brillo, la imagen de una ventana iluminada, una lámpara u otro objeto contrastado se dibuja con relativa nitidez. El brillo débil produce un efecto mate, neblinoso y calcáreo. Es importante destacar que el carácter de los distintos tipos de perlas no es idéntico: algunas brillan de manera más especular, mientras que otras lo hacen de forma más sedosa. Siempre se deben comparar perlas de tipos similares. Las irregularidades superficiales no constituyen por sí mismas un defecto ni una prueba de autenticidad. Pequeños hoyuelos, arrugas, zonas más planas y líneas de crecimiento pueden aparecer tanto en perlas naturales como cultivadas. Lo que cuenta es hasta qué punto interfieren con la luz, si comprometen la durabilidad o si pueden situarse en un lado menos visible. Una superficie completamente lisa puede ser de calidad excepcional, pero también puede tratarse de una imitación con revestimiento; asimismo, la irregularidad no convierte automáticamente a una perla en valiosa. Al examinar el color, debemos distinguir entre el color de fondo, el matiz flotante sobre la superficie y el oriente iridiscente. La gama cromática natural es mucho más amplia que el blanco; no obstante, los tratamientos de color, la irradiación, el blanqueamiento y el blanqueo óptico también pueden modificar la apariencia. Un color inusualmente uniforme o intenso puede hacer sospechar de un tratamiento, aunque tampoco de esto se pueden extraer conclusiones definitivas. En las joyas con múltiples perlas, observemos la consistencia del tamaño, la forma, el color y, sobre todo, el brillo. Una pequeña desviación puede ser el resultado de una composición deliberada o de la selección manual natural. Sin embargo, una sola perla con un tono notablemente diferente, un brillo distinto o una perforación diferente puede indicar una sustitución posterior.

La montura dice al menos tanto como la perla

En una pieza antigua, lo primero que conviene comprender es cómo la joya sujeta la perla. Las perlas semitaladradas se suelen pegar o fijar a un pequeño pivote; las piezas totalmente perforadas pueden ir ensartadas, alambradas o montadas a modo de remache. Debemos comprobar si la perforación pasa por el centro, si es visible adhesivo fresco, si el nácar está dañado alrededor de la abertura y si el tamaño de la perla se ajusta a la copa o garras diseñadas para ella. Un borde de pegamento demasiado grande, un componente metálico fresco que desentone con la montura, un pivote modificado o una perla en un estado notablemente mejor que su entorno pueden indicar una reparación. No obstante, una reparación no es necesariamente destructiva para el valor. El reensartado de collares de perlas es un mantenimiento periódico, y las perlas de pendientes y broches a menudo necesitaban ser reforzadas o sustituidas debido a su vulnerabilidad. Lo importante es la profesionalidad de la intervención y su correcta especificación. Por tanto, para determinar la época es necesario leer la pieza en su conjunto. Los contrastes, la aleación, el mecanismo de cierre, el sistema de alfiler, las soldaduras, el engaste de piedras, el desgaste y el estilo aportan indicios en conjunto. La antigüedad de la perla rara vez puede determinarse únicamente a partir de su superficie, y una perla engastada en una joya antigua puede ser contemporánea, una sustitución cultivada posterior o una imitación.

Lo que no se puede determinar con certeza a partir de una fotografía

A partir de una fotografía de buena calidad se pueden juzgar la forma, la superficie visible, el brillo aproximado y el grado de armonía entre las perlas. A veces también se aprecian un pegamento perceptible, un revestimiento desgastado o un taladro dañado. Sin embargo, la fotografía no muestra de manera fiable la estructura interna, el grosor del nácar, el origen marino o de agua dulce, ni la mayoría de los tratamientos. El método no destructivo más importante para distinguir entre perlas naturales y cultivadas es la radiografía. La imagen radiográfica puede revelar las capas de crecimiento, el núcleo implantado y las cavidades internas. En casos complejos, la microtomografía computarizada (micro-TC), la fluorescencia de rayos X, la espectroscopia Raman y otros métodos espectroscópicos ayudan a investigar el origen, el entorno y los tratamientos. Por esta razón, en una joya antigua de valor significativo, la afirmación de "perla natural" debe estar respaldada por un informe de laboratorio independiente. La prueba de los dientes, frotar la superficie u otras pruebas caseras no ofrecen una respuesta segura y, además, pueden causar daños. La perla es blanda; es precisamente su delicada superficie lo que debe protegerse.

Compra consciente: valoremos el objeto en su conjunto

Al realizar una compra, debemos aclarar primero qué afirma exactamente la descripción. ¿Se trata de una perla natural o cultivada? ¿Se menciona un origen marino o de agua dulce? ¿Se conoce algún tratamiento de color, revestimiento o sustitución? ¿Existe un documento de laboratorio y este se aplica a toda la joya, a cada perla o solo a una parte analizada mediante muestreo? A continuación, observemos la calidad. ¿Es fuerte el brillo? ¿Son molestos los defectos superficiales? ¿Es la perla proporcional a la montura y armonizan las piezas entre sí? Comprobemos el estado de las perforaciones y sujeciones, el adhesivo, el hilo, los nudos y el funcionamiento del cierre. Ni siquiera una perla hermosa es una buena adquisición si el montaje es inseguro o si la superficie ya se está descascarando o agrietando. El anillo de amatista victoriano, los broches y collares de diamantes de estilo art déco, así como los antiguos broches decorados con perlas que se muestran en la selección de Opera Antikvitás, ilustran claramente cuán diferente puede ser el papel que desempeña un mismo material. A veces es el elemento central, otras un pequeño adorno que aporta ritmo y otras el contrapunto de las piedras de colores. En estas piezas no solo vale la pena observar el tamaño de la perla, sino también cómo se integra en la composición, en el lenguaje formal de la época y en el estado actual del objeto. Por último, la joyería con perlas debe utilizarse con cuidado. Debe ponerse después de aplicar el perfume, la laca para el cabello y los cosméticos, y limpiarse con un paño suave después de su uso. No se debe emplear limpieza ultrasónica ni por vapor. En el caso de adhesivos antiguos, hilos de seda o monturas complejas, conviene consultar el método de limpieza con un joyero o un restaurador. Una buena joya de perlas no es valiosa por ser perfectamente redonda o deslumbrantemente blanca. Su valor viene dado por la combinación del brillo, la calidad del material, la rareza, el estado, la ejecución y el contexto histórico fidedigno. Y una observación consciente no le resta magia a la perla, sino que demuestra exactamente qué es lo que la hace tan especial.